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¿POR QUÉ LITERATURA PARA ADOLESCENTES?

Ante todo, me voy a presentar. Me llamo Andreu Martín y seguramente soy el autor con menos probabilidades de obtener el premio Nobel. Mis lecturas durante la infancia fueron desordenadas, inapropiadas para mi edad y nada reco­mendables; no soy amante de la poesía; no creo que to­dos los clásicos sean estupendos. Durante mis primeros diez años como escritor, estuve escribiendo guiones de cómic; luego, me especialicé en novela negra; y hasta he escrito una novela erótica y ganado un premio con ella. O sea, que conozco perfectamente y a fondo el tema de que vamos a tratar.

Incluso me atrevería a decir que estoy mucho más pre­parado que los gurús de la cultura, de las revistas espe­cializadas en cultura selecta y programas de tele­visión soporíferos de las cuatro de la madrugada, en los que se ignora absolutamente la literatura juvenil. Y cuando se ven obli­gados a hablar de ella, por del fenómeno mediático de Harry Potter, lo hacen con el mismo dejo despectivo que utilizan para referirse a la li­teratura femenina, o a la literatura de género, contrapo­niéndolas siempre a la LITERATURA con mayúsculas.


Ignoran que no hay una literatura sino muchas literaturas, que probablemente los libros que yo leo no tendrán nada que ver con los li­bros que marcarán de por vida a esa señora, que los mundos literarios son infinitos y todos igualmente válidos. Ignoran esos estudiosos, la ri­queza que se esconde en el cosmos de la novela negra o en los relatos juveniles de Roald Dahl. Ignoran tal vez, porque quieren ignorarlo, que La isla del tesoro de Steven­son es una novela juvenil porque él quiso que lo fuera. Y, pues­to que esos señores tan sabios se empeñan en ignorar este ámbito cultural que a mí me parece tan importante, pues­to que nos ignoran, me creo autorizado a considerarlos unos ignorantes al respecto y, por tanto, me siento más autorizado que ellos para tocar el tema.
¿Para qué escribir literatura para jóvenes?, suelen pre­guntarse las mentes privilegiadas. Al fin y al cabo, si un joven sabe deletrear las palabras de un texto, si sabe leer y hasta escribir correctamente, ¿por qué no puede fascinarse ante las páginas de Flaubert o Balzac o Quevedo o la Biblia en verso? ¿No es como una ofensa, como un desprecio, escribir expresamente para ese joven, como si fuera un disminuido mental?
Yo creo que no es una ofensa ni un desprecio, sino una ayuda necesaria e imprescindible. Llegados a una edad, se niegan a ver películas para menores de siete años y se mueren por ver películas de besos. En cambio no sienten ninguna curiosidad por leer los libros que leen los adultos, (en caso de que los adultos a su alrededor lean libros). Puede ser que una alma sen­sible y selecta me objete que sí, que hay muchos niños que a los seis años ya devoraban a Julio Verne con pa­sión, y posiblemente se estarán citando a sí mismos como ejemplo. Y será verdad. Normalmente, estas almas sen­sibles y selectas han nacido en casas provistas de ricas bibliotecas en donde destacaban las obras cumbre de la literatura universal, y han disfrutado de Proust en su adolescencia, y sus padres, en lugar de "Caperucita Roja", les contaban La Iliada para que se dur­mieran. Conozco casos, no exagero.

Pero no fue mi caso. Y, aunque a ellos les cueste creerlo, no es el caso de la mayo­ría de los niños del mundo. Quienes han podido respirar la devoción por la cultura desde la cuna son unos privile­giados, y cuesta compartir puntos de vista con ellos porque a mí me gusta más compartir el placer de la lectura con las multitudes antes que con los miembros de clubes reservados que han olvi­dado que leer, el hecho de leer, es muy, muy difícil, y mucho más difícil si le añadimos dificultades innecesarias.

Yo os enseño estos folios escritos por mí y, así, de lejos, si os digo que han sido escritos por Manuel Vázquez Montalbán, lo creéis. Incluso vistas de cerca, para un lego, cada una de estas manchas negras del pa­pel parecen igual que las demás. Hay que aprender a dis­tinguir las diferencias, que son mínimas, y, luego, es obli­gatorio memorizar los nombres de los veintiséis signos. A, be, ce, de, e ... También hay que aprender a reproducir esos signos, que se llaman letras, no confundir con los números, y el siguiente paso nos enseña que, si se com­binan entre sí, producen determinados sonidos. La eme con la a, ma. La ce con la e, ceo ¡Pero la ce con la a, cal Ah, no es sencillo. Porque hay que proceder por orden. Hay que leer de iz­quierda a derecha, si tratas de leer de derecha a izquier­da nada concuerda, a menos que seas árabe. Eso requiere una disciplina que sólo acep­tamos de pequeños porque los adultos mandan y nos coaccionan.

Ahora, desde la arrogancia de quien ya ha superado esa etapa, es muy fácil decir que ya puedes acceder a cualquier na­rración de Dostoievski. El atleta de la maratón se ríe del ciudadano que se cansa cuando ha corrido cien metros detrás del autobús. El amante del estofado y del buen vino se ríe del niño que sólo toma papillas asquerosas. No sólo eso: el privilegiado, más arrogante que nunca, desprecia la literatura fácil, negán­dole incluso el derecho a ser tenida en cuenta. De forma que, cuando el aprendiz esforzado consigue terminar un libro destinado al público juvenil, verá despreciado su esfuerzo con un ademán displicente. "Eso no sirve." ¿Có­mo que no sirve?

¿Qué se entiende exacta­mente por literatura fácil o difícil?
Últimamente me dijeron que no es correcto defender la literatura de fácil lectura. Pero para mí, escribir bien consiste precisamente en reflejar de la forma más diáfana mis pensamientos. La escritura es un medio de expresión, de comunicación, y hacerla bien significa expresarse lo mejor posible, comunicar los pensamientos de manera que se entien­dan. Si yo les expreso que me gustaría empapuzarme con un vico lampreado, me estoy expresando en correcto castellano pero es posible que ustedes no entiendan nada. ¡Con lo fácil que es decir que me gustaría comerme un manjar a base de carne cocida en agua o vino con azúcar después de frita! ¿Qué mérito tiene la primera frase so­bre la segunda? ¿Qué he tenido que recurrir al dicciona­rio de sinónimos? ¿Eso es tan importante? ¿Ahí radica el mérito?

Yo supongo que un libro de difícil lectura es aquel que trata temas desconocidos, que precisan de conocimien­tos previos, de profundos estudios para ser comprendi­dos. A mí me costaría mucho disfrutar de una novela que contara los avatares de Einstein para llegar a formular exactamente la Teoría de la Relatividad, porque nunca he entendido la Teoría de la Relatividad. De todas formas, considero que el buen novelista sería aquel que consi­guiera transmitirme la pasión del sabio precisamente con un lenguaje sencillo que paliara la complejidad del tema. Imagino que sería un libro difícil el que me con­tara las relaciones amorosas de dos miembros de una civi­lización desconocida para mí, donde las costumbres y las claves de su lenguaje son completamente diferentes de las mías. Ésos serían libros difíciles.

Pero, señores, lo que sucede es justo lo contrario. Normalmente, las no­velas que me ha costado más leer, en el fondo, sólo me estaban contando tonterías de almas enamoradas o tor­turadas, extravagancias que no conducían a ninguna parte, y he descubierto que la única dificultad de esos textos radicaba en su voluntad de ser incomprensibles, en su mera forma, en un pretencioso y enrevesado estilo de hipérbaton y neologismo desti­nado únicamente a hacerse el interesante, a disfrazar de erudición una historia, para disimular que, en el fondo, no hay más que el chico-busca -chica -chico-encuentra-chica -chico­pierde-chica.


Y que conste que, con esta crítica, no me estoy cargando a los científicos (que hacen lo que pueden y lo hacen muy bien) ni a los chico-busca-chica, que es un argumento clásico que siempre ha dado buen resultado, sino al esta­fador profesional que se disfraza de jerigonza para co­larnos material de desecho. Me refiero a los autores partidarios de ponérselo al lec­tor lo más difícil posible, supongo que convencidos de que es el lector quien tiene necesidad de leerlos y no ellos quienes tienen la necesidad de expresarse y comunicar­se. Estos adoradores de la filigrana por la filigrana, ade­más, son los predicadores de que no hay nada nuevo bajo el sol, de que, en realidad, en la historia de la literatura, existen sólo un puñado de historias que ya se han conta­do mil veces y que, desde tiempo inmemorial, no hace­mos más que repetir las mismas anécdotas con distintas palabras.

Son aquellos que no fueron a ver West Side Story porque les dijeron que era exactamente igual que Romeo y Julieta. Viven así engañados, de vuelta de todo, sin com­prender el mundo que les rodea porque alguien les hizo creer que ya está todo dicho y que nadie tiene nada que enseñarles. Son derrotistas derrotados de antemano re­signados a entregar su vida a una causa inútil, que se saben inútiles y quieren ser literatos al tiempo que pro­claman la muerte de la literatura ~ por tanto, su falta absoluta de razón de ser. La única explicación que encuentro para esta sinrazón es la satisfacción que se obtiene de la sensación de saberse pocos y buenos frente a los muchos y malos que com­ponen el resto del mundo. Esta situación la explicó muy bien aquel profesor de secundaria que conocí con motivo de una conferencia que di en un instituto del centro de España. Dijo:
"-Yo, a mis alumnos, sólo les doy a leer clásicos. El Quijote, el Buscón, el Lazarillo, Rinconete y Cortadillo ... Ya sé que son libros difíciles, ya sé que la mayoría de mis alumnos se aburrirá y, posiblemente, si identifican la li­teratura con algo tan arduo, no vuelvan a leer un libro en toda su vida ... Pero basta con que prenda la llama -ésa fue la expresión: "que prenda la llama" - en dos de ellos, en dos entre treinta, para que yo me quede satisfecho, porque ésos sí que serán verdaderos lectores. "
¡Dos de treinta! Y se daba por satisfecho! Creador de minorías selectas, los mejores de los mejores, los héroes, los ídolos estupendos sobresaliendo entre la mediocridad de la masa. Lectores amargados, que deben de mantener con la lectura una tensa relación de amor-odio, posible­mente de entre sus filas salgan esos críticos amargados, incapaces de crear porque su idea de la literatura es su­blime, divina e inalcanzable, igual como esas personas incapaces de ser felices porque ellas mismas se han en­cargado de poner el concepto de felicidad fuera de su alcance.

A finales de los años ochenta, principios de los noven­ta, se hizo en mi país una campaña para promover la lec­tura. Consistía en unos anuncios enormes por las calles, y spots de televisión, con un mismo motivo: un chimpan­cé jugando con un libro. El animal no sabía para qué ser­vía, no sabía qué hacer con él y, por fin (gag), se lo ponía por sombrero. La leyenda era: "TÚ QUE PUEDES, NO TE LO PIERDAS". Se comentaba que la primera intención de los creativos publicitarios había sido la de poner "TÚ QUE PUEDES, EVOLUCIONA", lo que daba a entender que un no-lec­tor era un ser no evolucionado, infrahumano, tan animal como un chimpancé. Luego, trataron de corregir el tiro, pero la imagen era inequívoca. El no-lector estaba repre­sentado por un simio, y ahí no había vuelta de hoja.

Hay muchos aforismos ofensivos al respecto, "Una casa sin libros es una casa sin dignidad" (¡sin dignidad!), "El que no lee no piensa" ... Pero con el asunto del mono iletrado creo que nunca había quedado tan clara la vanidad des­deñosa del ilustrado ante la desgracia desdeñada del ile­trado. Me pregunté entonces si ésa era la mejor manera de incitar a la lectura. Me imaginé acudiendo a colegios e institutos y bibliotecas y diciendo a los chicos: "El que no lea (mis libros, claro) es un animal". O bien: "¿Tú lees libros o perteneces al planeta de los simios?", o, más di­recto: "Oye, tú, imbécil, a ver si lees, ¿no?" O conside­rando que, si no leen, no tienen dignidad.

Estoy seguro de que quien así actuara evidenciaría que, más que aumentar el número de lectores, lo que hacía era ahuyentarlos de su territorio con el agresivo orgullo del gallo de corral que quiere la exclusividad sobre todas las gallinas. Ya veo pavoneándose aquellos dos alumnos, dos so­bre treinta y me puedo imaginar perfectamente lo que di­rían sus compañeros ... ¿quién quiere parecerse a esos dos idiotas que no ligan ni nada?

Conozco a muchas personas que serían incapaces de reírse de un indigente por ser indigente, incluso senti­rían compasión por él, y, en cambio, ellos se ríen en la cara de un ignorante por el solo hecho de que lo sea y lo marginan y rehúyen desde la superioridad de su privilegio. Y conozco a más de un ignorante que los envía a la mierda y se siente legitimado por esa actitud clasista para continuar enquistado en su ignorancia.

No es ése el mundo ideal que yo concibo. Ante todo, no me considero tan distinto del resto de los mortales por el hecho de saber leer y escribir, ni tan mejor, ni tan estupendo, ni tan merecedor de privilegios. Al contrario, cuando disfruto de algo, me gusta compartirlo, y disfruto mucho más cuanto más placer percibo en mi entorno. A los chicos, cuando les hablo de ese tema, cuando trato de justificar la manía que tenemos los adultos de hacerles leer, siempre les pongo el ejemplo del cine. Les pido que imaginen que alguno de sus amigos les dijera que no le gusta el cine. Muy probablemente, se extrañarían.

Porque el cine, al contrario que los libros, es más acción que reflexión, es hipnotismo, son sentimientos en su estado puro, es el susto, la ternura, la pasión, la violencia, plasmados de forma inmediata. Los adultos podemos decir a los chicos que la ventaja del libro sobre el cine es que en el libro no nos vienen impuestas las imágenes, pero los chicos nos dirán, y con razón, que la ventaja del cine sobre el libro es que precisamente en el cine nos vienen impuestas las imágenes. Por todo ello, muy probablemente, el aficionado al cine le diría a su compañero: ”Qué raro, es imposible que no te guste el cine, a lo mejor no te gustan algunas películas, a lo mejor es que te han llevado a ver un tostón de esos donde la gente no deja de hablar. Mira, te voy a llevar a ver una de las de verdad, una buena-buena, que verás cómo te gusta”. Y lo arrastrarían consigo para compartir con él un placer que parece imposible que haya alguien que no lo conozca.

Pues de la misma manera yo quiero transmitir el placer de la lectura a quien no lo ha conocido. Sólo para que encuentre un nuevo motivo de disfrute en la vida. Igual como haría con cualquier otro placer del mundo si al­guien me dijera que nunca había disfrutado.

Tengo un amigo que siempre se conforma con una ensalada verde y una pata de pollo. Nunca le han dicho nada los manjares, la dieta mediterránea, la nouvelle cuisine, un buen vino, un buen estofado. Me pone nervioso. Cuando lo invita­mos a comer a casa, todos los ojos de los comensales se clavan en él en el momento de probar una nueva receta. Se lleva el tenedor a la boca y todos nos quedamos en suspenso, conteniendo el aliento, mirándolo, como si es­perásemos su transfiguración, el milagro, la caída del caballo camino de Damasco. Seríamos tan felices si al­gún día se le iluminaran los ojos y, con la boca llena, hi­ciera mmmmmh.

Yo nunca tenido la convicción de que la literatura me diera poder sobre nadie, o que me hiciera más hom­bre, ni más racional, ni más seductor, ni que me diera armas para vencer a nadie. Lo único que nos da la litera­tura de ficción, ni más ni menos, es placer. No se trata de convertir al no-lector en un superhombre, ni una perso­na mejor, ni se trata de salvarle la vida, que hay mucha gente que no lee y es supertodo y hasta mejor que yo y conoce más paraísos que yo. (Y hay gente que lee mucho y Dios nos libre.)

Simplemente quiero dar a conocer ese placer porque creo que el no-lector se está perdiendo un mundo magnífico. Si luego de probarlo considera que no es para él, bueno, es muy libre de dedicar sus horas de ocio a lo que quiera. Le pediré que me cuente en que las invierte y a lo mejor descubro otros mundos maravillosos. Se lo agradeceré. Pero, de momento, pienso que los jóvenes tienen que probar la lectura. Por su bien. Y para lograr mi objetivo, para seducirlos, creo que debo recurrir a alguna especie de estrategia.

Hablando de cine, a mi hija de doce años, le gusta mucho el cine. Curiosamente, esa afición no le viene del hecho de que, en su más tierna infancia, yo le hiciera ver repeti­damente el silencio de Ingmar Bergman, ni Los cuatrocientos golpes de Truffaut. Curiosamente, su afición procede de lo mucho que le gustaban las películas de Walt Disney. Gracias a ella, yo re-descubrí el baile de los elefantes ro­sas de Dumbo, una joya del cine surrealista, sin duda muy influida por Dalí.
De la misma forma, estoy convencido de que, si a mi hija le gusta leer, es porque desde peque­ña puse en sus manos libros infantiles ilustrados, cuen­tos muy sencillos, casi sin tesis, con un estilo nada rico en adjetivos, ni metáforas. No le di a leer clásicos, cons­ciente de que los clásicos son libros escritos en un idioma que ella no habla, ambientados en un mundo que ya no existe y con un sentido del humor que ya no hace reír a nadie.

Hablemos de los clásicos, para salir al paso de aquel profesor que se daba por satisfecho obteniendo dos lec­tores entre treinta alumnos. Una versión del Lazarillo de Tormes que me he dejado en casa, empieza de esta forma:
"Prólogo.
"Yo (Nota al pie): Son muchos los críticos que han llamado la atención sobre la significación de la primera palabra con la que comienza la obra. Confrontar, por ejemplo, Stephen Gilman:
"El yo evasivo de Juan Ruiz ha sido reemplazado por una auto­afirmación explosiva blabla- bla blabla blá ... '

¡Una sola palabra, la primera del libro precisa una nota de no sé cuantas líneas! ¿Noles parece descorazonador para la persona que empieza a leer ese libro inocente­mente, después de oír a algún desaprensivo que dijo que el Lazarillo de Tormes era un libro estupendo para niños, y de mucha risa?

O dice Quevedo en su Buscón:
"El ventero era morisco y ladrón, que en mi vida vi perro y ga­to juntos con la paz que aquel día. Hízonos gran fiesta, y como él y los ministros del carretero iban horros (que ya había llegado también con el hato antes, porque nosotros veníamos de espacio) ... "

Debo confesar que incluso yo necesito leer las seis notas al pie que este texto lleva porque el idioma ha evolucionado, para bien o para mal, y ahora utilizaríamos otras palabras para comuni­car los mismos conceptos.

Hay afortunados que han nacido entre libros, de padres entusiastas y educadores, que ahora, se estarán volcando de risa. Pero son los menos. El humor es uno de los elementos literarios más difí­ciles y más cambiantes. ¿A alguno de ustedes le hizo gra­cia alguna vez alguno de los chistes que les contaba su abuelo? Y sólo nos referimos a dos generaciones de distan­cia. Ahora, sólo hay que imaginar qué sucede si nos re­montamos al Siglo de Oro.

Se comprende que los historiadores sean tanto más serios cuanto más lejana en el tiempo esté su especialidad. Me imagino a los expertos en chistes egipcios, incomprendidos, riéndose ellos solos, en sole­dad, incapaces de compartir el motivo de su hilaridad.
A través de este análisis, comprendo lo que nos conta­ron hace pocos días, a Jaume Ribera y a mí. Habíamos presentado una novela a un premio literario, el Premio Columna. No prolongaré el suspense por más tiempo: nos han dado el premio. Pero no sin que antes uno de los miembros del jurado telefoneara a la directora de edicio­nes y le dijera:
-Oye: esta novela (la nuestra) me está haciendo reír mucho. ¿Se puede premiar una novela que te hace reír mucho?

Dirán ustedes que sólo encuentro defectos a los clási­cos y que eso es demasiada irreverencia. Debo aclararles que, si ésta fuera una conferencia sobre literatura clásica (una de las muchas literaturas que existen) hablaría en otro tono. Pero, en una conferencia sobre literatura juve­nil, creo que éste es el tono adecuado. Sólo para salir del paso de quienes, con sus fundamentalismos culturales boicotean el trabajo de quienes aspiramos a conseguí, que los chicos disfruten leyendo.

Y todavía no he terminado porque debo añadir otro detalle sumamente importante que no quiero que se me escape. Y es que el joven que lee un clásico no tiene libertad para criticarlo ni tirarlo a la basura.
Cuando damos a leer un clásico, exigimos al lector que prescinda de su criterio. No damos a leer a Shakespeare para conocer la opinión de nadie. "Mira a ver si te gusta esto." Damos a leer a Shakespeare y te tiene que gustar por obligación. "Toma, que te gustará." Y, si no te gusta, el problema es tuyo.

Esta forma de ver la literatura da lugar a un estilo de escritura muy preciso. Quienes únicamente se han educado en la lectura de los clásicos, se han acostumbrado a acercarse a ellos haciendo un acto de fe, flagelándose y dándose golpes de pecho cuando no sabían percibir la calidad de una obra, el placer que de ella se desprendía. Leían el Ulises de Joyce y no le encontraban la gracia, se esforzaban a leerlo una vez y otra y otra hasta que se les
secaba el cerebro.


Si lo lees y te gusta, no pasa nada; yo estoy hablando de aquellos a los que no les gusta y viven su disgusto hasta el masoquismo. Terminarán predicando que muchos son los llamados y pocos los elegidos, y ahora comprende­rán ustedes por qué encuentro extrañas y alarmantes similitudes entre la cultura y la religión y me gustaría que estas palabras nos sirvieran de advertencia, alerta y alarma.

Los niños, los jóvenes, y quienes están aprendiendo a leer mucho más allá del mimamamemima, necesitan, según todas estas consideraciones, libros escritos a pro­pósito para ellos, en su idioma, sea el que sea, que no tiene por qué ser peor que el nuestro, y ambientados en lugares que puedan identificar, o que les resulten tan fasci­nantes que despierten en ellos curiosidad y pasión, y esos libros deben transmitir los sentimientos de alegría y tris­teza que ellos experimentan en su vida cotidiana, por­que el arte es, y siempre ha sido, y yo creo que debe ser, una llamada directa a los sentimientos.

Pero, sobre todo, la literatura, como toda la educación de nuestros hijos, debe estimular su sentido crítico, para educárselo, para enseñarles que individualizarse no sig­nifica únicamente decir no y defender justo lo contrario de lo que dicen los padres, sino que individualizarse sig­nifica pensar, y sacar conclusiones propias, y ser conse­cuentes con ellas incluso en el caso lamentable de que coincidan con las de los padres.

Un chico debe tener la oportunidad de tirar un libro por la ventana si le parece un tostón o una tontería, o no está de acuerdo con el men­saje que transmite, sea cual sea el libro. Personalmente, me gusta más pensar que la literatura sirve para eso y no para incluir al lector en el Club Privado de un Parnaso poco concurrido y además privativo de gente arrogante y aburrida.
La literatura que a mí me gusta, y que defiendo, es la que sirve para transmitir ideas, despertar sentimientos y crear lectores.

Pero escribir este tipo de literatura, capaz de alcanzar estos ambiciosos objetivos, es muy difícil. Lo que signifi­ca: escribir libros que sean a la vez fascinantes y fáciles de leer no está al alcance de cualquiera, contra lo que se cree normalmente. Cualquier crítico miope puede que­dar obnubilado ante un texto complicado y abstruso, con oraciones subordinadas y con palabras como PRISCO, REDOPELO, TANOBLA, TRANOJO o NEOTÉRICO, que acabo de sacar del Ma­ría Moliner, y por tanto existen (tienen un significado que ignoro), pero que no he utilizado en mi vida y no creo que las vaya a utilizar jamás.

El autor de novela juvenil tiene la obligación de apren­der a escribir muy bien, que quiere decir muy claro, para que lo entiendan, que quiere decir tener muy claras las ideas, las intenciones, y el discurso de fondo, la tesis. Porque todo texto contiene un mensaje, tanto si queremos dárselo como si no, y cuando nos dirigimos a los jóvenes debemos ser conscientes de que, además de enseñarles a disfrutar leyendo, también les estamos enseñando a dis­frutar pensando y a disfrutar sintiendo, que son conse­cuencias inseparables de la lectura, y hay que vigilar qué pensamientos y qué sentimientos les transmitimos.

El autor de novela juvenil tiene también la obliga­ción de conocer los intereses de los jóvenes, que quiere decir tener memoria de las preocupaciones que teníamos un montón de años atrás, que ésta es una de las sorpre­sas que he tenido al escribir para jóvenes. Nos pregun­tan a Jaume Ribera y a mí, a raíz del éxito de la serie Flanagan, qué cómo nos las apañamos para conectar tan bien con los adolescentes. Nos lo preguntan los mismos ado­lescentes. Y podemos decir que hablamos con ellos, que nos documentamos ... Pero, de verdad de verdad, la au­téntica conexión nace de la memoria. En realidad, no ha­cemos nada más que aplicar el recuerdo de lo que a no­sotros nos fascinaba cuando teníamos esa edad, lo que nos interesaba, lo que nos movía.

Y resulta que hoy esos chicos que nos parecen tan lejanos, tan incomprensibles, tan marcianos, se fascinan por las mismas cosas que nos hacían vibrar a nosotros a su edad. Ésa es una buena lección cuan­do se trata de acercarse y reconciliarse con ellos. Y es una buena lección porque conozco a muchos adultos, que parecen haberse olvidado rotundamente de su juventud. Se pasan toda la infancia deseando ser ma­yores y, cuando llegan a una edad en que ya se pueden considerar mayores, rompen amarras y se olvidan en ab­soluto de los sentimientos, los pensamientos y los sue­ños que tenían de jóvenes, ya partir de aquel día se dedi­can a censurar a sus hijos que sean como ellos fueron. Bueno, yo creo que una persona así queda inhabilitada para escribir novelas para jóvenes.

Porque otra de las obligaciones del escritor de novelas juveniles, como la del escritor de novelas para adultos, por otra parte, es la de tratar a sus lectores como perso­nas, de tú a tú, y no desde la tarima de la soberbia y del privilegio. El autor debe aprender de una vez por todas que la cultura no nos hace superiores a nadie, que ha­blando de personas, no hay unas superiores a las otras, y que muchas veces aquel que necesita subirse a una tari­ma y levantar la voz y amenazar lo hace porque sabe que es un enano sin palabras y cagado de miedo. Y el autor debe aprender esto para no caer en el error de comportarse así, pero también para enseñárselo a los jóvenes porque, sin duda, un mundo en que los jóvenes estén avisados de estos peligros y tengan estas convicciones, será un mundo mejor.

Y, por fin, el escritor de novela juvenil tiene también, y sobre todo, la obligación de encontrar historias apasio­nantes, que las hay, que no se han acabado. Tiene que morirse de risa cuando oye hablar de la muerte de la novela a quienes se pretenden novelistas y quieren vivir de la novela, en un acto inequívoco de tanatofilia. Tiene que aprender que una misma anécdota contada por dos buenos narradores distintos, que pongan en ello su cora­zón, será inevitablemente dos relatos distintos, y con eso aprenderá a disfrutar con las nuevas historias que cada día nos ofrece la vida y a buscadas ávidamente, insacia­blemente, para el propio goce en primer lugar y para co­municarlas a los demás generosamente después.

Ésa es la justificación única de la existencia de una lite­ratura expresamente escrita para los jóvenes. Queda di­cho: no se puede dar una paella a un niño de pecho que se está formando. Los autores de novela juvenil somos seductores, íncubos tentadores que queremos atraer a los jóvenes no-lectores hacia un mundo en el que seguro que encontrarán placer, reflexión y estabilidad. Y lo estamos consiguiendo. Al menos, en España, digan lo que digan, lo estamos consiguiendo.

Los chicos de hoy leen mucho más y mucho mejor que los de mi infancia. Porque, cuan­do oigo decir que los chicos de hoy leen menos que los de antes, me pregunto: "¿A cuáles de antes se refieren? ¿Diez años atrás? ¿Veinte años atrás? ¿Cinco años atrás? ¿Anteayer?" ¿Qué quiere decir antes? Para mí, "antes" son los años sesenta de mi escuela, aquella modesta Aca­demia Cuberes, que no tenía patio, donde aprendí el pla­cer de jugar a contar aventis, aventuras, porque no tenía patio y, a la hora del recreo no podíamos levantar mos de las sillas.

Todavía eran años de posguerra, veinte años después de la victoria franquista y a mí ningún profesor me obligó a leer un libro de ficción hasta que tenía quince años. Es más: me prohibían que leyera libros de ficción. De texto, sí, matemáticas, geografía, gramática, sí, ésos tenía que leerlos por obligación. Entonces, tenían muy clara esa diferenciación, sabían que hay libros que sólo sirven para proporcionar placer. Y yo recuer­do entonces a mi padre leyendo novelas de a duro, sólo por gusto, y yo le imité leyendo tebeos sólo por gusto.

Hoy día, en cambio, en las escuelas de España a los jóve­nes se les enseña a estudiar y a leer novelas, el esfuerzo del estudio para obtener conocimientos y el esfuerzo de la lectura de ficción para obtener placer. Ahora, quienes no leen son los adultos que, inmersos en el neoliberalismo y en la sociedad de consumo, sólo son capaces de mover­se si de ello obtienen algún beneficio material.

Son esos adultos que, cuando vuelven a casa después de una dura jornada laboral, o bien continúan trabajan­do como locos galopando al encuentro del infarto, o bien se sientan ante el televisor con una copa en la mano, a hacer zapping, a ver cualquier cosa, aunque no les guste, tratando de poner la mente en blanco. Qué desgracia y qué fracaso llegar a un momento de tu vida en que ansíes tener la mente en blanco. ¿Cómo debe de ser eso? Y, en el mejor de los casos, si leen, porque son lectores compulsivos, las únicas obras de ficción que se permiten son los libros de autoayuda, porque les parece que sirven de algo, que no son una pérdida de tiempo, porque aseguran que te harán millonario en una semana.

Que digo yo que pronto la lectura de ficción será un signo de identidad juvenil. "¿Has leído el último libro de Andreu Martín?", "No, no, es que yo ya he cumplido veinte años", "Uy, perdona, no lo sabía, no pareces tan mayor, lamento haberme confundido".

Los jóvenes leen mucho más y mejor, y lo que me temo es que vayan dejando de leer a medida que vayan creciendo. Pero eso sería tema de otra conferencia.

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